Alta Consejería de El Bogotazo

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"En conformidad con las leyes locales, regulaciones y políticas, algunos resultados de su búsqueda no podrán mostrarse”

Las actuales disputas por la libertad de expresión y garantías constitucionales en la Web nos obligan a repensar la relación entre política y cultura.



Las actuales disputas por la libertad de expresión y garantías constitucionales en la Web nos obligan a repensar la relación entre política y cultura. En efecto, la disputa entre Google y China, que ha encajado con el anuncio de este último en detener los acuerdos de cooperación militar con Estados Unidos por el posible suministro norteamericano de armamento a Taiwán, deja al descubierto no sólo la importancia de Internet como plataforma de divulgación política sino también y más importante, como dispositivo de regulación, control y estandarización de la vida virtual.

 

Resumamos un poco los hechos. Google anunció su posible cierre local de operaciones en Pekín tras la denuncia del motor de búsqueda de haber sido objeto de un sofisticado ataque virtual, cuyo propósito fue violar las cuentas de correo electrónico de activistas por los derechos humanos en China. Sin ser totalmente claro, el portal dejó entrever en su blog alguna responsabilidad directa del gobierno Chino en estos ataques, agregando también su deseo de no seguir filtrando los resultados de sus búsquedas tal como lo había estado haciendo desde el 2006. Fue posible encontrar entonces –mediados de enero de este año- imágenes relacionadas con la masacre de la plaza de Tianamenn de 1989 y de contenido sobre el Dalai Lama en el portal “google.cn”.

 

Estos episodios generaron un conflicto diplomático en el que China expresó su disgusto por el deseo de imposición de los valores democráticos  desde los Estados Unidos, además de tratar estos asuntos tan delicados de una forma inapropiada, haciendo clara alusión a las declaraciones públicas de la Secretaria de Estado Hilary Clinton sobre las normas de censura virtual en China.

 

Consientes de los costos que deben pagar las firmas extranjeras por operar en China, el motor de búsqueda se ha inclinado por entablar contactos con las autoridades chinas para esclarecer las condiciones bajo las cuales la compañía seguiría operando. Lo cierto es que China ha reafirmado su política de hacer respetar su ley con respecto a las compañías extranjeras que operan incluso más allá de las fronteras nacionales, reglas que claramente han acatado otros portales como Yahoo y Microsoft.

 

Nadie en este mundo puede ignorar un mercado que en sólo una década ha pasado de diez millones de usuarios a cerca de cuatrocientos millones de internautas, teniendo en cuenta que Google tiene un espacio por conquistar, dado que en China el motor de búsqueda más popular es Baidu, quien controla el 60% de clientes.

 

Y es que a inicios del siglo XXI la producción y la política se han transformado en el consumo y la comunicación. El intercambio de bienes simbólicos y la producción mediática de la política ha provocado un fenómeno de culturalización de las relaciones sociales, redefiniendo el papel de las identidades y el contenido mismo del intercambio económico y de la contienda política.

 

Así, los problemas que habían resuelto las sociedades modernas occidentales han resurgido como núcleo del conflicto, mientras que el contenido letrado del discurso se disuelve en las formas resueltas del mensaje audiovisual. Los fundamentalismos étnicos y religiosos, la visibilidad política de la sexualidad y los procesos de reafirmación regional son algunos ejemplos de este fenómeno, mientras que las discusiones sobre la política que hace referencia al Estado y los procesos institucionales pierden relevancia frente al entretenimiento político o a la política del espectáculo.

 

De allí la mayor importancia de la circulación del mensaje simbólico respecto a su propia creación. En nuestro caso, un activista por los derechos humanos en China puede crear una página en Internet con el contenido que desea comunicar al mundo, de hecho existen herramientas que ofrecen estos servicios gratuitos, pero si su página no la reconoce o intencionalmente no desea reconocerla el medio a través del cual los demás usuarios acceden a los portales, ese activista es invisible.

 

Por eso Google y sus similares son tan poderosos, porque son quienes en última instancia definen los patrones de interacción social en un espacio virtual transnacionalizado. Si la cultura, como política, es un campo de poder, los motores de búsqueda y las redes de socialización son los dispositivos que regulan, seleccionan y redistribuyen los contenidos simbólicos, que van desde una simple publicidad individualmente orientada, pasando por la disposición digital de una gran biblioteca virtual, hasta el flujo diario de información –anónima o con nombre propio- que clasifican los grandes portales.

 

La sociedad de la información ha permitido la extensión de los derechos y deberes de los ciudadanos hacia espacios caracterizados por la cotidianidad, prácticas que trascienden las fronteras nacionales y sus términos constitucionales para adjudicarse un ámbito inicialmente autónomo. ¿Hasta dónde puede ir la soberanía nacional en una sociedad hiperreal sin fronteras?

 

Independientemente de las motivaciones que empujaron a los directivos de Google a hacer pública la amenaza de partida y su discrepancia frente a la libertad de expresión en China –imagino las consideraciones de tipo comercial y de marketing que tuvieron que considerar, indudablemente- lo cierto es que este movimiento no hace más que acentuar y poner en evidencia la transición a la que estamos siendo participes con respecto a las estructuras que determinan la organización por la lucha simbólica.

 

Como afirma paradigmáticamente Francis Pisani, el poder coercitivo estatal se definía por el número de hombres, armas, fragatas, tanques y aviones de guerra, ahora la guerra virtual se define por número de servidores, sistemas operativos esparcidos por el mundo, y hasta por una Gran Muralla virtual china. Por eso, más allá de la censura, más allá de los intereses comerciales, el desafío del observador o académico, siguiendo a Nelly Richard, debe enfocarse en las tensiones entre lo simbólico y lo institucional, lo ideológico y lo estético, lo hegemónico y lo popular.

 

 

Javier Cárdenas Díaz

Politólogo, Universidad del Rosario

 

 

Publicado en El Nuevo Siglo Reproducción con autorización del autor