Alta Consejería de El Bogotazo

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Abordar una y otra vez el mismo tema puede ser cansón, tanto para el que lee como para el que escribe. Sin embargo, cuando el tema lo amerita es indispensable. Hoy Bogotá atraviesa una grave crisis de gobernabilidad en razón a la incompetencia e ineficiencia de la administración capitalina, de quienes juegan a la desorganización y del desbarajuste de la ciudad.

Tal como se presenta hoy la ingobernabilidad distrital es una variable política que incide negativamente en la toma de decisiones y en la capacidad (de gobernantes y gobernados) para conducir el Distrito dentro del marco de los valores y las prácticas democráticas.

Cuando falla la capacidad intelectual y la cultura política de los gobernantes existe crisis de gobernabilidad, caos político, social y económico; la crisis se presenta cuando hay erosión y desgaste en la autoridad, fragmentación de los valores éticos, falta de racionalidad en la dirigencia; en definitiva, la crisis de gobernabilidad es un desequilibrio entre la oferta y la demanda social y política, lo que no garantiza la adopción de políticas distritales coherentes.

Bogotá, hasta hace poco, era una ciudad de progreso constante, sin embargo, en la actual administración, el evidente deterioro del ornato público, la inseguridad, la movilidad, entre otros factores, han deteriorado los avances logrados en años anteriores.

Por ejemplo; las dos grandes desilusiones de la administración Moreno sin lugar a duda son el metro y la fase III de Transmilenio. El primero, porque nunca se materializó, y la segunda por incubar el germen de la corruptocracia que terminó por descarrilar al Distrito.

El caso de la corrupción en Bogotá espanta. No solo por la corrupción, aterradora en sí misma, sino por la impunidad que rodea de garantías a los corruptos, y por la indiferencia ciudadana ante un 'tsunami' delictivo del cual, los ciudadanos, somos víctimas. y victimarios por la indiferencia. ¿Se nos ha olvidado en qué consisten la dignidad, la ética y la decencia? O por lo menos, a falta de estas, ¿nos queda algo de instinto de conservación? ¿En dónde está la indignación bogotana? ¿Habrá algo más que la simple indignación?

En la reciente encuesta anual de percepción ciudadana publicada por el programa Bogotá cómo vamos, muestra que tan solo el 58 por ciento de los encuestados decía sentirse orgulloso de su ciudad Bogotá. Los datos indican que los que consideran a la Capital como un buen lugar para vivir bajaron del 72 al 56 por ciento en el último año.

En cuanto a la expectativa de los habitantes de la ciudad, un 43 por ciento dijo que las cosas van a empeorar y un 57 por ciento aseguró que van a mejorar. En pocas palabra, los bogotanos escogieron cuatro calificativos para la ciudad: Insegura, buena, bonita y caótica, una percepción que podría ser común en las grandes metrópolis.

Por suerte, las voces comienzan a sentirse. En los últimos meses han surgido protestas, algunas organizadas en las redes sociales y, a la vez, columnistas y analistas han sumado sus voces para condenar el deterioro que sufre Bogotá. Pero no es suficiente. La ciudadanía ha sufrido una alarmante degradación en su calidad de vida y está hastiada con la corrupción, la incompetencia y la desfachatez de sus funcionarios públicos. La ciudad no se merece esta suerte y es urgente que el Alcalde renuncie antes de que acabe con lo que queda de la ciudad.

A todas luces es un deber cívico impedir la degradación de la presente gestión distrital. Es urgente que los ciudadanos nos movilicemos para manifestar el rechazo a la actual gestión, a corrupción que la caracteriza y a su incompetencia. El Polo Democrático pasará a la historia como el Partido Político que destruyó Bogotá. Pero depende de nosotros si se lo permitimos. O mejor: si se lo seguimos permitiendo. La furia que ya ha empezado a desatarse sobre nosotros, no cejará por mucho que nos llevemos las manos a la cabeza y exclamemos: “¡qué barbaridad!, ¡qué vergüenza! Por lo tanto, In-dig-nar-se no es suficiente hay que intervenir y exigir un nuevo rumbo, el paso que queda y al que esta obligados cada uno de los capitalinos es el de actuar para revertir este desbarajuste.