Alta Consejería de El Bogotazo

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Parece ser que siempre me he sentido atraído por lo sublime.  En un atardecer frío y tempestuoso, del año pasado; me encontraba contemplando la indescriptible belleza de Caño Cristales, imaginaba con asombro, lo que sentiría si me arrojase a sus entrañas.

                                                                                  

Caer al vacío y flotar en el agua, viendo desde ahí como el paisaje pasa lentamente hasta que mis fuerzas aguantasen, sólo quedaría junto a mi, el silencio absoluto, alterado únicamente por el choque de las olas entre sí,  la oscuridad, perturbada por el destello de la luna y de los astros  reflejados en el inmenso y desbordante río, tenebroso, que quedaría bajo mis pies. ¿Qué me atraía de todo esto?

 

Quizás, la sensación de pura y profunda soledad, la insignificancia de mi ser; el silencio intenso y el tiempo enfrentados o la conciencia de saber que, tarde o temprano, me acabaría rindiendo sumisamente ante mi trágico final, dejándome engullir por guayabero...

 

Esa sensación de verme sobrepasada por la inconmensurable naturaleza me sorprendió. Es la atracción ante lo que no podemos soportar; la tragedia, lo doloroso lo placentero y lo patético, ante el silencio absoluto, el vacío, la oscuridad, la inmensidad, lo infinito y eterno, ante la muerte.

 

En parte este es la tragedia del hombre moderno. El sujeto ya no encuentra afuera un mundo preexistente permeable a la diegesis o explicación racional. El sujeto ahora crea. Crea lo conocido, lo representado, el objeto, el horizonte de toda experiencia posible, la arquitectura universal y objetiva de la naturaleza. Como en la teoría artística romántica, el sujeto ya no es espejo, sino candil o lámpara que, detrás de su desbordamiento, desde la interioridad del sujeto, abre el afuera, proyecta el espacio y el tiempo, el tejido de los objetos de nuestra experiencia .

 

Desde esta perspectiva, lo sublime aparece en nuestras vidas como una ruta factible para acortar las distancias entre una y otra faceta de la subjetividad moderna. Por lo tanto, lo sublime vendría a reunificar a este sujeto moderno que es amo y señor de su propio reino espiritual, pero esclavo en un mundo que le resulta extraño y hostil a sus pretensiones.

 

Para Burke, Kant y Schiller;  lo sublime es todo aquello que puede excitar nuestras ideas de dolor y peligro, todo lo que de un modo u otro es trágico. En la tragedia el sujeto es culpable de manera fatal y no de forma intencional, el conflicto es producto del destino: "la lucha entre la libertad y necesidad sólo existe verdaderamente allí donde la necesidad socava la voluntad misma y la libertad es combatida en su propio terreno[1] Tales cosas llevan hasta los límites la capacidad de sentir que tiene nuestra mente, producen las emociones más fuertes, que son siempre las que se asocian al dolor mucho más poderosas e intensas que las procedentes del placer.

 

No obstante hay un límite, una cuota máxima de dolor y peligro que es posible soportar, cuando este máximo se excede no pueden dar ningún deleite, y son sencillamente terribles; pero, a ciertas distancias y con ligeras modificaciones, pueden ser y son deliciosos, como experimentamos todos los días.

Lo sublime inhibe todo nuestro razonamiento con una fuerza irresistible y arrebatadora. Las pasiones que provoca en el alma son las más poderosas, tanto que el alma parece quedar suspendida, paralizada, horrorizada. La pasión más alta y excelsa es el asombro, cuyos efectos inferiores son la admiración, la reverencia y el respeto. Más allá de las dimensiones, todo aquello que provoque temor es algo sublime, tanto la inmensidad del océano como la pequeñez de una serpiente venenosa; ya que el principio dominante en lo sublime es el terror.


El sentimiento de lo sublime soporta, a la vez,  la dualidad entre el placer y la necesidad. El placer, en lo sublime, es provocado por la percepción de ese peligro que soporta a la destrucción de sí mismo. Peligro que es terror y dolor, que en su ocultamiento se muestra presente sin poder llegar a ser expresado. Para Lyotard, esta contradicción del sentimiento sublime es el conflicto que se presenta entre las facultades del sujeto, la facultad de concebir una cosa y la facultad de presentar una cosa , tal vez, de no poder representar lo que se concibe, pues lo sublime contiene la imposibilidad de no poder ser representado. 

De esta manera, lo sublime descubre un poder superior a cualquier amenaza física, el poder de sobreponerse a las limitaciones de nuestras facultades receptivas y de encontrar algún tipo de placer incluso allí donde nuestra integridad está en juego. ¿Qué resulta de esto? Un tipo de placer o agrado muy singular asociado a la moralidad, y no directamente relacionado con el gusto. Los sentimientos y las emociones se desplazan desde lo estético hacia lo ético. El agrado que suscita lo sublime es un placer que proviene de un pesar; aún más, el dolor y la angustia son condiciones necesarias para lo sublime


[1] Schelling, F. W. J., Filosofía del arte, Tecnos, Madrid, 1999.