Alta Consejería de El Bogotazo

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En Colombia conviven dos realidades fuertemente fragmentadas y diametralmente opuestas. Por un lado está la dinámica de las ciudades que siempre se han considerado como foco de desarrollo, bastiones de una modernidad que nunca ha terminado de llegar, y por otro, la selva con su riqueza implacable y feroz, con su dinámica primitiva. Dos realidades, dos tensiones antiguas que dividen trágicamente a la sociedad colombiana.

Debido a la coyuntura en la cual se da la independencia política y económica del país, no hubo mucho espacio para la planeación de políticas con objetivos claros de desarrollo. Los gobernantes del momento, se encontraron con un territorio prácticamente desconocido por ellos. Era imposible que supieran lo que ocurría en las costas, los llanos, las cordilleras, las selvas.

¿Cómo saber cuáles eran las necesidades de sus pobladores, su economía, sus costumbres, creencias, tradiciones? La intrincada geografía colombiana no facilitaba la comunicación y muchas regiones debieron demorarse mucho tiempo en saber que el país había dejado de ser colonia para transformarse en nación. Esta transición no fue fácil, pues las estructuras coloniales estaban, y aun lo están, fuertemente arraigadas, ya que no había otra forma de orden.

Los nuevos gobernantes debían definir con prontitud cual sería el carácter del nuevo Estado, el problema es que no sabían cómo hacerlo, así que improvisaron. Utilizaron referentes de Europa y Norteamérica y trataron de adaptarlos a nuestro entorno. No reconocían, porque no sabían pensar de otra manera, que había una inmensa diversidad cultural que requería diseñar un modelo de estado propio, que surgiera de esa diversidad que es, quiérase o no, elemento esencial de nuestra identidad.

El resultado de ese descuido, que no se puede saber si fue involuntario o no, es un país profundamente seccionado, donde la presencia del Estado se caracteriza por su ausencia en varios territorios. Paradójicamente estos lugares son inmensamente ricos en recursos naturales. Debido a la persecución y exterminio al que fueron sometidos nuestros indígenas por parte de los conquistadores, muchas comunidades migraron hacía las selvas. Eventualmente así también lo hicieron grupos de colonos en busca tierras vírgenes desde donde poder construir sus riquezas a partir de la explotación de la naturaleza.

El conflicto fue inevitable, pues mientras los primeros vivían a partir de entender los ciclos naturales e integrarse a ellos, los otros sólo querían lucrarse de la naturaleza y esclavizar a los indígenas. Es la ley del hombre, el fuerte domina al débil. La ley de la selva se escribe con sangre, fuego e injusticia. Predomina el más apto, el que tenga la resolución de las armas. Las luchas por el dominio de los recursos de la selva nunca llegaron a la ciudad, ni mucho menos a oídos del estado y si llegaron éste solo escuchó una versión de la historia, la versión del colono, del intruso, la versión que le convenía.

La selva colombiana ofrece múltiples recursos como madera, petróleo, caucho, entre otras. Las ganancias potenciales de la explotación de estos recursos es inmensa y de ella se nutre, tanto el estado, como particulares, por eso es tan importante dominarla. Los colonos y sus ejércitos se encargan del trabajo sucio, expropian a los indígenas y luego a los campesinos. Los amedrentan, los asesinan, los expulsan. Se hacen a inmensos terrenos donde gobiernan con mano feroz, amparados por el Estado, de quien son socios.

Con el tiempo estos colonos serán ministros y senadores, alcaldes y gobernadores, moldearan leyes que les convengan, se harán inmensamente ricos a costa de gente inmensamente pobre, ignorante y desesperanzada. Mientras que las ciudades sueñan con la modernidad, en la selva prevalecen los valores feudales e incluso anteriores. Colombia es un país independiente, ha dejado atrás el yugo español, la esclavitud es abolida, el ciudadano es libre, pero en la selva impera la ley del más fuerte, la fiebre de riqueza ha hecho de muchos esclavos a manos de los colonos.

La presión ha hecho que los indígenas se adentren más en la espesura de la jungla, mientras que los colonos fundan las ciudades de la selva, que eventualmente demarcaran las fronteras entre la “civilización y la barbarie”. Desde estas épocas viene la tensión que marca el origen del conflicto que desde hace más de medio siglo enluta y destruye a Colombia. El campesinado se ha levantado en varias ocasiones contra el atropello, contra la injusticia, la falta de oportunidades, el maltrato, la discriminación, y siempre ha recibido mentiras, promesas rotas y violencia por parte de los entes del Estado.

Son años de abusos, olvidos y decepciones los que poco a poco van rebotando los ánimos. La falta de una presencia real del Estado, la ausencia de educación, salud y derechos hacen que en estas zonas ignotas se fragüe lentamente la guerra contra el Estado. Las guerrillas liberales de los años cincuenta no eran más que grupos de campesinos cansados de la persecución, la miseria y la injusticia a la cual los tenían sometidos los colonos y el Estado.

Los políticos liberales, en situación de desventaja bajo los regímenes conservadores se alían con los insurrectos para ganar apoyo y eventualmente conseguir parte de la torta burocrática, cuando lo logran, después de usarlos, de prometerles cambios y reformas, los traicionan. Ahora son bandoleros, criminales, animales. El éxito de la revolución cubana en el 59, el movimiento de los derechos civiles en la década del sesenta en Estados Unidos y las revueltas de mayo del 68 generan una ola de compromiso político en ciertos sectores de la juventud colombiana que sería determinante para el futuro movimiento guerrillero.

Muchos jóvenes con estudios en humanidades y ciencias asumen una postura política frente a la realidad nacional que desafía el orden tradicional. El estado y sus estamentos de seguridad controlan la situación, hay detenciones, torturas, desapariciones, ya no son estudiantes o médicos, antropólogos, sociólogos o historiadores, abogados, filósofos o pintores, son subversivos, sospechosos, delincuentes, perseguidos. Es muy fácil ser etiquetado, sólo es cuestión de diferir, de pensar por fuera de la caja. Lo que había comenzado como un juego, como una travesura intelectual, ahora cobraba visos oscuros.

Muchos descubren con pasmo que las protestas no funcionan, que las proclamas se pierden en el aire, que la persecución es real, que ahora es luchar o morir y entran en la clandestinidad, desaparecen, se reinventan en la guerra con un alias. En la selva no hay puntos medios, ni concesiones. Se es o se muere. Las FARC, el ELN, el EPL, el M-19 y otros surgen de este quiebre con la sociedad, de esta coyuntura histórica y social. Dos vertientes nutren este proceso: Por un lado el insumo popular que ya lleva en conflicto con el Estado por un buen tiempo, conformado principalmente por personas de orígenes campesinos. Al cual se suma el insumo intelectual conformado por personas con formación universitaria, política y teórica.

Es la etapa de idealización romántica de la guerra. Se lucha por un principio de equidad y justicia, por la educación y los derechos de los ciudadanos olvidados, por la repartición equitativa de la riqueza. Pero eso hace parte del pasado. La guerra, sin importar si su origen es justo o injusto, si es religioso o político, siempre es ruinosa.

No sólo deja muerte y destrucción, también nos deshumaniza nos desprovee de compasión, nos envilece y envenena. Hombres como Raúl Reyes, El Mono Jojoy, Tirofijo, Mancuso, Jorge 40, Castaño entre otros, son producto de eso. Seres despiadados, intolerantes, fríos, calculadores, hombres y mujeres enceguecidos por la violencia y la crueldad. Incapaces de sentir empatía, consideración o compasión por otro ser humano.

En un país que muchas veces no presenta opciones, optaron por la peor forma de contribuir al país, deshumanizándolo. La ley de la guerra es implacable y su resonancia en la sociedad profunda. Celebramos la muerte violenta de los enemigos de la sociedad, en lugar de enfrentarlos a un juicio con todas las garantías previstas por la ley, como debe ocurrir en una democracia madura. Nos sentimos orgullosos de un ejército, que si bien es cierto obtuvo un triunfo militar, estaba cumpliendo con su deber. No es cuestión de desconocer su merito, no es fácil ser soldado en una guerra, su labor es sacrificada e injusta como ninguna otra. Pero tampoco es prudente olvidar sus desafueros, sus injusticias, sus impunidades. En especial cuando los miembros de un ejército deben ante todo proteger y servir a la sociedad y velar por que se respete la constitución, el no hacerlo es una afrenta contra sí mismo y contra el estado que representa.

La paz que tanto anhelamos los colombianos no se puede articular desde la violencia, pues la paz de la guerra es frágil y superficial. La paz duradera se logra concertando, generando espacios de conciliación, implementando políticas que mejoren las condiciones de vida, que ayuden a generar oportunidades para aquellos que no las tienen. Mientras todos los ciudadanos, sin importar su raza, su credo, sus preferencias sexuales, su estatus económico, sus preferencias políticas no tengan derecho a la educación, a la salud, al trabajo, a vivir dignamente, a tener esperanzas y sueños, metas y anhelos. Mientras no tengan opciones de vida, va a existir la violencia como lenguaje, como argumento, como forma de vida. Su denominación puede cambiar, su carácter transformarse, pero la esencia será la misma.