Alta Consejería de El Bogotazo

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Antonio Caballero, gran periodista de izquierda, destacado por orientar prodigiosamente los lectores de las columnas de opinión y de realizar investigaciones serias sobre las condiciones en las que se desarrolla el conflicto social y político en Colombia, es desafortunadamente hoy una persona de derecha a pesar de sí mismo. Lo es desde una perspectiva cultural que trataré de explicar.

 

Primero, comencemos dándonos cuenta que ya no es tan efusivo o emocional hablando sobre política nacional como sí sobre fiesta brava. El miércoles 28 de julio en El Tiempo, así como muchísimas veces ya antes en otros medios, se pronunció vehementemente a favor de la tauromaquia como un placer que quieren declarar interdicto.

 

La columna la llamó “El Placer del Combate”, lo cual me parece un fuera de lugar con respecto a los parámetros éticos que él mismo ha delineado para sus posiciones políticas, sobre todo en un país con una guerra cansada y degradada. Defendió, con un cinismo hilarante, la llamada fiesta brava como un placer, como un gusto al que se debe tener derecho y al que quieren prohibir.

 

Lo más triste y falto de corazón realmente fue además decir que los animales no tienen derechos, que eso es demagogia. Parece que para él son sólo objetos que no se comparan al homo sapiens sapiens, ser superior y amo de la naturaleza por su maravillosa inteligencia. Yo creo, a diferencia de Caballero, que más bien, la inteligencia humana se pone en entredicho con esa arrogancia hacendaria y retrógrada, tal vez es inconsciente pero que de igual manera ha contribuido y contribuye a la derechización del país.

 

Siendo evidente que aunque los gustos se definen en y por una cultura específica, la cultura también es consecuencia de los gustos que nos permitimos los miembros de la misma. Podemos decir que los gustos son los que determinan hoy en día quién es de derecha y quién es de izquierda. La estética, el gusto o la sensibilidad de uno puede ser fascista, libertaria o simplemente, conservadora. Eso lo sabe bien Caballero.

 

En su artículo del 28 de marzo publicado en la revista Semana titulado “La Derechización” dice que “la fe en la violencia” es algo que define la derecha como tal. Dice también que: “…no soy de los que piensan que ‘derecha’ e ‘izquierda’ sean simples términos neutros de definición en el arco político. Creo que la derecha es la violencia, la exclusión, la destrucción. Y esas cosas me parecen malas, cualquiera que sea el pretexto”.

 

Llevando hasta las últimas consecuencias su propio argumento podemos decir que la derechización de la cultura consiste también, por qué no, en sentenciar que los animales no tienen derecho y que da placer ver matar animales. Eso está mal y es patológico cualquiera que sea el pretexto. El que sea cultural, tradicional o el hecho de que le dé placer no le quita que sea amoral, antiestético, morboso o simplemente indeseable para mí y los míos que son la sociedad a la que pertenezco y a la que se le necesita hacer una serie de cambios precisamente en sus costumbres. Aún más cuando según él, a la misma FARC le faltó justamente ese toque de corazón para no “derechizarse” en sus costumbres y en su actuar.

 

Además de que defiende literariamente la fiesta brava como una cultura, también clasifica a sus opositores como prohibicionistas. A los que no nos gusta que se maten animales en un negocio definido por los parámetros del circo y el espectáculo debido a que nos parece morboso y antiestético, nos mete en una bolsa que llama prohibicionistas. ¿Cuándo será que la policía en la calle va a estar persiguiendo realmente a un rolo fuma pipa por estar yendo a toros? Algo que sí sucede con los consumidores de marihuana, fenómeno ese sí correspondiente al prohibicionismo.

 

Si matar a un toro en un circo es el arte de los dueños del país, entonces es aún más importante dentro de la izquierda real expresar y dejar claro que no estamos con su arte ni con su estética porque sentimos distinto. No expresarlo es caer en el silencio que avala la violencia cultural derechizadora. Esto no se hace sólo por los toros o por amor a los animales, sino por amor a nosotros mismos si es que nos consideramos seres tanto espirituales como materiales.

 

Hay que entender que el deseo de defender a un ser vivo de la humillación es por el mejoramiento de nosotros mismos como sociedad y como individuos y no necesariamente porque tengamos pulsiones prohibicionistas. Recordemos que hasta Luis Carlos Restrepo sabe que se tiene derecho a la ternura (aunque cargue en su memoria y en sus manos los rifles y el karma de algunos paramilitares). Si usted no puede entender el amor a los animales y el amor a la naturaleza, tal vez necesita volver a enamorarse, a comer hongos o a fumar marihuana, de pronto buscar un taita y tomar yajé; si no lo ha hecho pues de verdad tal vez necesite pensar en hacerlo.

 

Caballero dice que a las vaquitas les gusta jugar a embestir y por eso, debe clavárseles coreográficamente con “hombría” una espada en el lomo a los toros como una performancia que le otorga el placer a él y a un grupo social determinado. El cinismo es un recurso propio de los que inconscientemente reconocen la crueldad e indignidad subyacente a sus propios e irresponsables argumentos, aunque realmente no le den a ello mucha importancia por considerarlo trivial.

 

Es interesante ver que a la generación de intelectuales cachacos a la que pertenece Caballero, les pasó algo similar a lo sucedido con los hippies: Perdieron ese combate personal e interno, esa contradicción que cargaban en su propio ser. Un combate entre, por un lado, lo que predicaban como sus ideales y convicciones contraculturales y por el otro, el corto alcance de su propia sensibilidad realmente conservadora a pesar de las apariencias progresistas de dientes para afuera, o mejor, de letras para afuera.

 

Por ejemplo, Daniel Samper quien también pertenece a esa sensibilidad cachaca retrógrada y a esa misma generación, por lo menos demuestra estar al tanto de la miseria política que vive el país debido no sólo a la ceguera política local sino a la ceguera del ser humano en todo el planeta tierra. No únicamente en su relación consigo mismo y con los demás sino también en su relación con su entorno y con su universo. En una de sus últimas esquirlas, como él llama la post data de sus columnas, Daniel Samper denuncia la explotación y el engaño que conlleva el negocio del agua embotellada.

 

Eso sí, ha venido defendiendo desde siempre también muy desafortunadamente la fiesta brava. Pero es a Caballero a quien emocionalmente parece interesarle más la bota para tomar manzanilla que las consecuencias de una política basada en la bota militar. Sería para mí extraño, aunque muy posible, llegar a ver por ejemplo a Gustavo Petro con Lucho Garzón en la Plaza, brindando con el esquizofrénico, enceguecido y ebrio público, pidiendo orejas como un romano en el circo.

 

Si para un aborigen comer la carne de un animal podía ser placentero, eso no implicaba que dejaran de agradecerle y de cazarlo con respeto en un verdadero y digno combate, sin ninguna necesidad de espectáculo circense. Esa imagen en contraste nos permite observar claramente que es otra la sensibilidad que se requiere para una mejor sociedad humana global.

 

Aunque existen obviamente tradiciones respetables y hermosas, el humillar colectivamente animales antes de matarlo con un objetivo distinto al de comerlo no es una de ellas. Además, es a través del discurso de las tradiciones como más se justifican los actos de barbarie individuales y colectivos, y como más se frena el progreso discursivo y argumentativo hacia paradigmas culturales más deseables, amorosos y provechosos para la vida en la tierra.

 

El activismo ético de los movimientos antitaurinos no se puede entender como prohibicionismo a ultranza aunque efectivamente se quiera prohibir las corridas de toros. Es simplemente una de las muchas luchas transversales que acompañarán los nuevos movimientos sociales que buscan, sienten y necesitan realmente las pistas para una mejor sociedad tanto en lo material como en lo espiritual.