Alta Consejería de El Bogotazo

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I.    El suspiro patriota de un Zambo

Por estas fechas se celebra en Colombia el segundo centenario del grito de independencia.  Fecha inmarcesible que debería atizar en nuestras almas el eterno amor por esta patria, tan llena de riquezas y dolores. Nuestra historia nacional no necesita ser cantada en un poema para engalanarla. Es hermosa de su primera a su última página. Si la leyéramos a un foráneo, no necesitaríamos evitar un episodio; no se nos quebrantaría la voz por la vergüenza en ningún período. Es hermosa nuestra historia y nuestra patria, para dar en una narración a nuestras futuras generaciones la llamarada del heroísmo, no necesitamos recurrir ni a Grecia, ni a Roma, ni a Persia, ni  mucho menos a Mongolia.

 
Empero, es preciso llamar a la reflexión sobre el concepto del pasado y sus relaciones con el presente. Nuestra historia es algo más que un motivo para disertaciones sabias y para arengas líricas. No es una cosa de museo, no es una muerta, es una inmersa viva, erguida ante nosotros, aludiéndonos y ensalzándonos; es una fuente plena y palpitante.

La historia –escribió don Raimundo Rivas–, es el troquel prodigioso en que se funda el alma de las nacionalidades. La Nuestra constituye el factor más esencial de esa ‘unidad de conciencia’ que es considerada como el factor mismo de la nacionalidad. Solo los pueblos que arraigan vigorosamente sus raíces en el pasado son los que pueden evolucionar consciente y serenamente hacia el porvenir .1

Por lo tanto, la historia patria no es solamente el relato cierto de hechos importantes ocurridos en forma aislada. Ellos suceden dentro de un momento y lugar, pero necesariamente deben concatenarse con otros para poder analizar su auténtica proyección y deducir sus verídicas consecuencias. La historia es útil no tanto por lo que leemos del pasado, cuanto por lo que gracias a ella leemos del porvenir. Con cuánta razón escribió don Marcelino Menéndez y Pelayo “Pueblo que no sabe su historia es pueblo condenado a irrevocable muerte; puede producir brillantes individualidades aisladas, rasgos de pasión, de ingenio y hasta de genio y serán como relámpagos que acrecentarán más y más la lobreguez de la noche” .2

Da pesar y aflige el ánimo ver que la mayoría de los colombianos en la actualidad no sentimos el calor de la patria. Estamos huérfanos del más noble sentimiento que palpita fuertemente en el corazón de los humanos. Qué duro y triste es reconocer, en las líneas del inspirado poeta colombiano Jorge Robledo Ortiz:

“Olvidamos la patria. Ya no sabemos nada
de las tumbas sagradas que nos dieron honor.
La lección de maestro se quedó en la pizarra
y el camino a la escuela ya también se olvidó.
Ya no sabemos nada de esa lejana infancia
Cuando sentir la patria era sentir a Dios.
En ese viejo tiempo el padre nos contaba
que en la bandera ardía el heroísmo en flor
Ya no vale la pena remover las heridas
las fechas que dolían están prostituidas
y en pública subasta vendemos el laurel.
Apuramos la copa de llanto con champaña,
mientras toda Colombia se rasga las entrañas
porque no existe un hijo que le calme la sed!”.3

Comprender estas líneas, es aplicar a nuestras palabras y a nuestras acciones la reflexión y  comprometido que debemos tener en esta  sociedad. Este poema vapulea nuestra vida cotidiana. Nunca ha sido tan necesario como hoy meditar y actuar sucesivamente y con todas las fuerzas del alma. Hoy como nunca es imperiosa una meditación colectiva.

Somos un pequeño pueblo, todavía en formación, que necesita de todos nosotros sus continuadores; hemos de forjar nuestra patria sin el desmedro de su hermosura pretérita, en cada hora, en cada actividad nueva que aparece sobre el territorio. Al ser tan grande la obra de la independencia que conmemoramos, lienzo extendido sobre el cual los próceres trazaron con los colores rotundos un fondo inmenso para el porvenir, donde trazaron las figuras, las divinas teorías, de las ciencias, las artes, las industrias, la innovación y el desarrollo; tal como en un pintura de Francisco de Goya.

La emancipación socio-política del país constituyó solamente un punto de partida; de nosotros depende timonear a buen puerto esta bella embarcación. Por eso, cuando conmemoramos dos siglos del grito de independencia recordamos al ex presidente Alberto Lleras Camargo cuando dijo que “no se puede construir una nación nueva, como si no tuviera cimientos y ruinas; y como si los padres no hubiesen existido, trabajado y sufrido sobre ella. Confiad en los que humildemente sienten el peso de los muertos y reconocen que tenemos que continuar”. Por lo tanto, desde estas líneas convido a seguir trazando y plasmando,  día a día  los colores de nuestra Nación. 


II.     El orgullo de un pueblo mestizo




Hacia los inicios del siglo XX, el mestizo se miraba al espejo y veía un ser libre, centralista, moderno, hispanista, protegido por el hálito divino que representaba la Iglesia Católica.
 
Para cuando se conmemoró el primer centenario de la independencia, la sociedad colombiana aún no se sentía comprometida con la celebración, y mucho menos si uno de sus objetivos era mostrar los progresos que se han había logrado desde la Independencia. Recuerdos tan cercanos como el de la guerra de los Mil Días y la separación de Panamá hacían que los colombianos se sintieran poco partícipes de una exposición que hablaba de progreso, civilización y cultura.

Sin embargo, en este escenario de crisis nacional la Exposición de 1910 servía como aliciente para restaurar la moral y los sentimientos nacionalistas que el pueblo había perdido como consecuencia de las pugnas políticas, las guerras civiles y la fragmentación del territorio. Esta Exposición se convertía, entonces, en la oportunidad ideal para convocar de nuevo al pueblo bajo los argumentos de un patriotismo ligado a una Colombia diferente, es decir, próspera y civilizada.

Es así que el parque donde se presentó la Exposición se convirtió en el lugar de apropiación de los ideales de civilización, y sería allí donde se representarían los adelantos tanto materiales como culturales alcanzados hasta ese momento. Por un lado, se contaba con unos pabellones encargados de albergar la creatividad y la inventiva de los colombianos con la ayuda de las riquezas del territorio nacional; por otro, con un pabellón como el de Bellas Artes, en el cual se apreciaban el ingenio y el cultivo de lo más noble que una sociedad puede inculcar en sus ciudadanos.
Si bien la Exposición del Centenario fue una de las más ambiciosas y completas, por cuanto abarcó programas y proyectos que ninguna otra había contemplado, no dejan de ser los sectores industrial y agrícola el eje primordial del evento; un gran número de libros hacía referencia no a la Exposición del Centenario sino a la Exposición Industrial y Agrícola de 1910.

Todo estaba dispuesto y organizado en cada una de las galerías: tejidos, paños, driles, tapices y telas de diferentes fábricas, productos de cabuya, maderas, zapatos, velas, pastas, sombreros, fósforos, molinos de trigo, locerías, petróleo, gasolina, lámparas, agua de quina para el pelo, yodo incoloro, botiquines, jarabes, sal de frutas, cosméticos, muestras de café, abonos artificiales, muebles estilo Luis XV, una mata de fique, mazorcas de cacao, peras, ciruelas, minerales, vidrios, pelucas, fotografías y cigarrillos, eran algunas de las piezas vistas en la Pabellón de la Industria.

Relojes, despulpadoras de café, alambiques, estufas, máquinas para hacer fideos, herraduras, una carreta para paseo, una máquina piladora y pulidora de café, otra para aserrar madera, motores de vapor, relojes eléctricos, un arado para sacar papas, balanzas, columnas, pilares de hierro y alcohol, eran objetos representativos del Pabellón de las Máquinas. Estos dos pabellones producían la impresión de que para 1910 Colombia no era una nación atrasada sino todo lo contrario, podía exhibir con orgullo sus riquezas y el ingenio de sus habitantes, unos habitantes jubilosos de pertenecer a esa nación que …
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Paralelamente a la Exposición, imperó la presencia de la Iglesia. La celebración del Te Deum el 20 de julio en la catedral y la misa el 24 en la plaza de Bolívar mostraron la significación que tienen los ritos católicos y su importancia para la sociedad colombiana.   En los discursos propiamente eclesiásticos, se pretendió demostrar que ninguna otra institución como ésta había hecho tanto por el progreso y la civilización del Estado colombiano. En un representativo discurso, el canónigo Rafael María Carrasquilla, rector del Colegio Mayor del Rosario, hablaba de la “obra civilizadora” y de la presencia de la Iglesia en los momentos decisivos de la historia colombiana:

"La Iglesia fue la civilizadora de nuestra nación, la libertadora de nuestra patria, la fundadora de nuestra república. […] Ella abrió los caminos por donde transitamos todavía, fundó nuestras ciudades y villas, levantó las iglesias donde oramos, los colegios donde aprendimos, los hospicios, los hospitales y asilos que dan á los infieles el pan del alma y el del cuerpo. […] De entonces acá ha seguido la Iglesia, sin descanso, su papel de civilizadora y de maestra. Al extranjero que nos visite hoy casi no podemos mostrarle sino los edificios levantados por la piedad cristiana, los cuadros de nuestros templos, las tallas y dorados de nuestros altares".4

Otro de los eventos a resaltar fue sin lugar a duda, la creación de la Biblioteca Rafael Pombo. Con esta se quería manifestar el protagonismo de hombres cultos en la conformación del Estado, en su mayoría escritores y oradores, personas que desde su filiación política o religiosa proponían un modelo de nación.5  Aquello era el símbolo visible de una Colombia que, además de exponer los adelantos industriales, se gloriaba de ser un país de pensadores activos, premisa esencial para calificar a un pueblo civilizado.

La nueva biblioteca también recordaba la peculiar sentencia de considerar a Bogotá la Atenas Suramericana. Ninguna otra ciudad del país podía representar mejor el espíritu ilustrado de toda Colombia; ella era la receptora y la protagonista de las principales propuestas de las elites intelectuales. La misma Exposición no sólo aludía al centralismo nacional sino que también reforzaba la idea —presente en los discursos de los festejos— de que Bogotá era la ciudad colombiana por excelencia, donde habitaban las personas que se acercaban al ideal de hombre colombiano: un hombre conservador y católico.


Notas

1 Raimundo Rivas: Los Problemas de Colombia, En: Revista del Colegio Mayor de Nuestra Señora del Rosario, # 285-286 (junio- julio 1934).
2 Marcelino Menéndez y Pelayo: De los orígenes del criticismo y del escepticismo, en Obras Completas, vol. IX, Edición de 1918, pp. 132-133.
3 Jorge Robledo Ortiz: Mi Antología. “Ya no vale la pena”, Editorial Letras, Medellín 1984, p. 59.
4 Emiliano Isaza y Lorenzo Marroquín, op. cit., pp. 141-145.
5 Ibíd., pp. 35 y 25-26.