Alta Consejería de El Bogotazo

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Ese cuerpo se llama Colombia, este país, este pedacito de tierra que unos aman y otros parecen odiar es la excepción que confirma la regla. Hoy que conmemoramos el bicentenario es prudente preguntarnos ¿Hay razones para celebrar? Esta fecha se ha convertido en un San Valentín mas, en un Halloween o una Navidad, un día que se vuelve fiesta pero muy pocos conocen el porqué de la fiesta.

 

Hoy estamos en nuestras casas en vez de estar en nuestras oficinas porque hace doscientos años Colombia dejó de ser una colonia española. Sin embargo, viene a la mente una pregunta ¿Somos realmente independientes? La independencia no debería ser un viejo papel firmado en letra cursiva, debería ser un sentimiento, una identidad, cosa que no se refleja en la personalidad del país del Sagrado Corazón.

 

Los colombianos insistimos en convertirnos en algo que definitivamente no somos ni seremos, buscamos imitar modelos que por nuestra cultura y nuestra historia son imposibles de instaurar y para colmo de mal nos avergonzamos de ser quienes somos. “¿Dónde está la franja amarilla?” de William Ospina, una radiografía cruda y explícita de lo que es y al parecer seguirá siendo nuestra historia socioeconómica, puntualiza el problema anterior de esta forma; “Colombia siguió sintiéndose una provincia marginal de la historia, siguió discriminando a sus indios y a sus negros, avergonzándose de su complejidad racial, de su geografía y de su naturaleza”.

 

Si hay algo que le falta al país es sentido de pertenencia, ese amor por la tierra y desprecio por aquellos que la dañan, que la maltratan, que la profanan y la prostituyen a diario. Pero los que más daño le hacen no son ni los paramilitares, ni los guerrilleros ni los políticos, somos nosotros mismos, la sociedad anestesiada que parece adormecida, comatosa ante lo que pasa frente a nuestros ojos. Aunque con variantes, nuestra historia parece un círculo vicioso, los hombres armados siempre han sido una parte del paisaje colombiano, solo cambiaron de machete a pistola y de esta  a moto sierra, los políticos que llegan al poder siempre han sido hombres con ínfulas de Lord cuando son mas indígenas que el logo de pielroja, o como lo diría William Ospina: “príncipes de aldea con vocación de virreyes que sólo salen a recorrer el país cuando es necesario recurrir a la infecta muchedumbre para obtener o comprar los votos”.

 

¿Qué significa ser colombiano? Sigue siendo un misterio para mí, pues me rehúso a creer que haber nacido en este país es ser paisano de Juan Valdés, ver novelas y películas de traquetos, mulas, sicarios y prepagos, tomar café, ajiaco o sancocho y comerse un tamal mientras se ve perder a la selección Colombia. Tal vez ser colombiano pueda significar repudiar a las FARC, ELN y a las AUC, pero un sentimiento patrio no debería basarse en odios. A la hora del té nadie sabe a ciencia cierta que es un colombiano en esencia, pues en Colombia “los ricos quieren ser  ingleses, los intelectuales quieren ser franceses, la clase media quiere ser norteamericana y los pobres quieren ser mexicanos”.

 

Es por eso que ningún gobernante va a servir, no sirvió Pastrana, no sirvió Uribe, no servirá Santos y probablemente tampoco hubieran servido ni Mockus ni Vargas Lleras, ni Petro. Nos puede gobernar cualquiera, pero a un pueblo que todavía no sabe quién es no se le puede dar lo que quiere; empezando porque si bien, como reinas de belleza todos queremos la paz, parece que nunca nos vamos a poner de acuerdo sobre cuál es la mejor forma de conseguirla. Por ahora sigamos, algunos con la bandera tricolor en la ventana, celebrando el bicentenario, pero mientras reemplazamos un martes por domingo y vemos las clásicas imágenes de Simón Bolívar con sus largas patillas reflexionemos un poco ¿Qué me hace realmente colombiano?