Alta Consejería de El Bogotazo

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El próximo lunes nuestra ciclovía cumple 35 años de funcionamiento en una Bogotá que cada día reclama con desespero alternativas de transporte. En 1975 se dieron los 1ros pasos hacia la consecución de un espacio público que cada fin de semana congrega a cientos de miles de “bogotanos” ávidos de esparcimiento, deporte y un aire más limpio. Lo que empezó como un experimento hoy es modelo de exportación adoptado por varias ciudades del mundo, lo cual nos reta aún mas a trabajar como comunidad para usarla y cuidarla, y sobre todo proyectarla en el espacio y en el tiempo.

 

Nuestra ciclovía nace en 1975 como experimento de unos estudiantes de la Universidad de los Andes quienes diseñan un circuito entre calles 32 y 39 por las carreras séptima y 13. El tema se regularizaría realmente en 1976 con el entonces Alcalde Mayor Luis Prieto, quien firma sendos decretos que le dan vida formal a la idea. Lo que empezó con unas cuantas cuadras hoy comprende más de 120 km, sin contar la extensión que se desaprovecha con la indefinida adecuación de la 26.

 

Hoy Bogotá se debate entre las obras, el hollín y los trancones. No obstante, el espacio conquistado por los ciclistas a sido tan grande que ya no sólo son deportistas ocasionales “domingueros”, sino que hoy muchos de los habitantes de la capital usan las ahora ciclorrutas por economía, por salud y por respeto al medio ambiente, generando un incalculable impacto sobre la calidad de vida que no muchas veces apreciamos y que frecuentemente olvidamos.

 

Me siento orgulloso de la histórica ciclovía, no solo por su trayectoria, o porque se convirtió en un modelo de exportación, sino por la calidad del espacio público que hemos conquistado, permitiéndonos disfrutar de la ciudad, hacer ejercicio, ahorrar dinero, pero principalmente evocar una conciencia ambiental, hoy relegada. Obvio que hay varios elementos a ajustar pero estamos a tiempo de hacerlo. Temas como la cultura ciudadana sobre su uso o sobre la información y la señalización, su mantenimiento, su proyección en extensión y tiempo, y el énfasis en la educación de niños y jóvenes futuros beneficiarios, son asuntos pendientes a los que deberíamos apuntar. Asuntos que sin duda favorecerían el ritual bogotano en que se convertido transitar por nuestras vías para bicicletas.