Alta Consejería de El Bogotazo

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Las raíces de la violencia en Colombia están profundamente arraigadas en la inequidad, la injusticia y la corrupción.

 

El nuestro es un país atravesado por una agrieta profunda y oscura, que ha resquebrajado nuestro desarrollo, convirtiéndonos en un país retorcido, medroso, pusilánime y egoísta.

 

Si rastreamos la semilla de nuestra historia trágica llegamos inevitablemente al problema por la tierra. Una tierra fértil, biodiversa, sembrada de ríos, lagunas, selvas, bosques, páramos y llanos. En otras palabras, un territorio saturado de posibilidades y riquezas que de ser bien aprovechadas nos convertiría en un país desarrollado. Pero no lo somos, de hecho estamos lejos de serlo.

 

La tierra en Colombia no es de quien la trabaja, no es del campesino que se esmera en cultivarla, el que la conoce como la palma de su mano. No es de personas dignas, honestas y trabajadoras, la tierra en Colombia es y ha sido, de unos pocos. Se la dividieron entre la Iglesia y los grandes terratenientes. Los primeros la han comprado a cambio de la salvación de las almas de muchos incautos, los segundos la han conquistado a punta de trampas y violencias.Desde sus haciendas gobiernan a gusto sobre las vidas y destinos de cientos, sino miles de personas. Son sus leyes las que imperan, por encima de las constituidas por el estado. Los terratenientes son los señores feudales de nuestro tiempo.

 

Mientras en el campo los terratenientes buscan consolidar su hegemonía, en Bogotá el gobierno busca la manera de organizarse, de darle rumbo a un país recién estrenado. Liberales y conservadores, divididos por ideologías importadas comienzan una guerra brutal, que quiebra de manera irremediable las fibras de la nación y que permea el campo con inusitada ferocidad.

 

Es de esta manera que los inmensos y ricos campos colombianos, son también enormes cementerios y campos de batalla. El campesino pasa hambre, no tiene oportunidades, no tiene derechos o educación, ni salud, es perseguido, abusado, humillado, maltratado. La tierra le ha sido arrebatada, a través de leguleyos sin escrúpulos, clérigos codiciosos, y en el peor de los casos, bajo los argumentos del fusil y la metralla.  
Ante esta perspectiva brutal e inmisericorde comienza, en algunos casos el éxodo, en otros la necesidad de adaptarse al ambiente agreste que es su vida.

 

El amor por la tierra, en especial en los jóvenes, se evapora por el falso embrujo del poder. Quieren ser como los dueños, disponer de otras vidas, mandar sobre otros destinos. Los valores de sus ancestros se transforman, se trastornan en este mundo salvaje. Ya no creen en la honestidad, la legalidad, la educación, el estado, para estos jóvenes hijos de la inequidad y la violencia, estos son conceptos huecos, inútiles. Esto mismo les ocurre a las generaciones del éxodo. Desarraigados, cargando a cuestas el peso de sus desgracias, los antiguos campesinos tratan de encontrar en la ciudad, aquello que les fue arrebatado en el campo.

 

Pero la ciudad es un monstruo de otro calibre. La ciudad es inmisericorde, fría. Si en el campo el terrateniente imponía su ley de fuego, la ciudad es indiferente, indolente, arrogante. En la ciudad son una cifra, un despojo, una sospecha, una carga, en la ciudad no existen, no son nada. Hombres y mujeres capaces, dignos/as, honestos/tas, son criminalizados por una sociedad pacata e intolerante que no ve en ellos a compatriotas o iguales, sino a parásitos, vagos, desadaptados, ignorantes. Los juzgan sin consideración, sin derecho a réplica. No hay oportunidades para ellos, pues solo saben cultivar la tierra y en la ciudad solo hay asfalto. De tal manera que se vuelven sobrevivientes, cazadores insaciables de trabajos indignos y miserables que por lo menos los ayuden a colocar un techo sobre las cabezas y un plato de sopa en los estómagos de sus hijos, si es que les quedan.

 

Sin más alternativa, expulsados de la sociedad, se refugian en los extramuros de las ciudades. Desde los márgenes borrascosos comienzan a sembrar su porvenir, invaden y construyen a punta de esfuerzo y determinación casuchas temblorosas que se sostienen en pie por el milagro de la obstinación.

Las ciudades se desbocan, el campo se desgarra. El gobierno central, la iglesia, los terratenientes, los gobiernos extranjeros, las multinacionales se reparten el país, lo desangran, lo succionan, lo venden, lo rifan, lo subastan. La sociedad se hace cada vez más obtusa, manipulable, temerosa, indiferente, egoísta. Cada día hay más corrupción, más caos, desorden, burocracia, injusticia. Es entonces que ocurren dos cosas, no necesariamente en el mismo momento.

 

Los terratenientes, buitres insaciables, obtienen poder político para seguir imponiendo su ley atroz. El gobierno, por su parte, engaña y manipula, él también quiere su pedazo de tierra, él también está listo para explotar y enriquecerse con el campo, venderlo al mejor postor y exportar todos sus productos. La iglesia reparte bendiciones, engaña incautos, manipula ignorantes y se enriquece.

 

Varios eventos políticos, sociales y económicos anteceden el origen de las guerrillas en Colombia. Dos vertientes revolucionarias emergen desde dos ángulos diametralmente opuestos. Por un lado, el movimiento campesino, conocido con el nombre genérico de “guerrillas liberales” comienza a preocupar al gobierno central, pues básicamente se rebela contra el régimen feudal de los terratenientes.

 

La férrea sociedad del Divino Niño se aterra, se escandaliza porque estos desarrapados, comunistas y quien sabe que otro apelativo se les ocurriría, no estaban conformes con la forma como la sociedad estaba construida. A los campesinos del movimiento, les ocurrieron dos cosas. Por un lado, los políticos de profesión, los usaron en su guerra con los conservadores, pero a la hora de la verdad los vendieron, por otro lado, el gobierno, temeroso de su creciente poder, se comprometió a reformas que por supuesto incumplió.

 

La otra vertiente revolucionaria surge de la academia. Se nutre del intelecto, tiene bibliografía, marco teórico y conceptual. Es la revolución de la clase media inconforme con la rigidez social, las buenas costumbres, la misa del domingo, la injusticia que no los golpea de frente, pero que ven en las calles. Para estos niños bien de clase media y los humildes de clase baja la revolución es una mezcla de teoría,  idealismo e ingenuidad. Creen que pueden cambiar el orden social, político y económico, que pueden derrotar la burocracia, la corrupción y la perversión del estado, pero se equivocan.

 

La década del setenta y el ochenta incendia el ya de por sí convulso continente. Las dictaduras militares arrasan con la juventud de casi todos los países de Sur América. El socialismo, el hipismo, los movimientos sociales, el rock & roll, la revolución sexual, son considerados subversivos, verdaderas amenazas para la sociedad. Colombia no escapa al embrujo y durante el gobierno de Julio César Turbay Ayala se implementan medidas destinadas a proteger la frágil sociedad colombiana de semejantes amenazas con el famoso y tormentoso Estatuto de Seguridad.

 

Los siempre atentos mecanismos de seguridad del Estado, desperdigaron sus esfuerzos para perseguir a estudiantes, sindicalistas y demás sospechosos. Fue durante estos años inciertos, cuando muchos simpatizantes de las revoluciones de mayo del 68 y cubana, entraron a la clandestinidad, sin saber que nunca más regresarían.

 

Las guerrillas en Colombia surgen como una respuesta a la política de inequidad, injusticia e incompetencia que ha caracterizado al estado colombiano desde el comienzo mismo de su origen como nación independiente y soberana. Por culpa de la corrupción y la burocracia que identifica a nuestro estado hay muchos lugares en el país donde no existe presencia del Estado. Es decir, no hay notarias, ni puesto de policía, no hay hospitales o escuelas. En esos lugares prevalece la ley del más fuerte, la ferocidad, la ilegalidad, la ignorancia.

 

A la par de la guerrilla y su lucha por la dignidad de las clases menos favorecidas, se inicia en Colombia el lucrativo negocio del tráfico de narcóticos. El narcotráfico comienza a extender sus alas y a tocar cada una de las esferas sociales y culturales del país. Políticos, empresarios, industriales, ganaderos, intelectuales, artistas y todo aquel con algo de dinero, prestigio, influencia o fama se deja tentar. Ya sea por el dinero que reparten sin control, o por el influjo de las sustancias psicotrópicas que comienza a gobernar sus vidas.

 

La guerrilla se multiplica, se fortalece en las áreas rurales, mientras el narcotráfico permea lenta y sistemáticamente los estratos más altos de la sociedad. Los ganaderos y los grandes terratenientes, al ver el incremento de la guerrilla y sentir su presión en los territorios que antes controlaban con mano dura y leyes propias, se enfrentan con dos posibilidades.

 

La primera es abandonar sus tierras y la segunda es mantenerlas, pero armarse hasta los dientes y construir su propio ejército. Muchos optan por la primera opción, venden sus tierras, si pueden, o sencillamente las abandonan para que la guerrilla se apropie de ellas. Los otros crean el paramilitarismo, un fenómeno desastroso.

 

¿Recuerdan esos jóvenes hijos de la violencia y la inequidad, esos jóvenes hambrientos de poder, pero sin expectativas u oportunidades? Son ellos la mano de obra de la violencia brutal del paramilitarismo. Son, así mismo, los obreros que han construido las diferentes corrientes de la criminalidad que por tanto tiempo nos ha corroído. Jóvenes humildes, sin educación y por lo tanto sin opción, envenenados de codicia, odio, resentimientos, carentes de principios o de moralidad, incapaces de diferenciar entre el bien y el mal. Sus destinos turbulentos y trágicos han sido el sustento de todas las fuerzas legales e ilegales que merodean las selvas, los bosques y los llanos de Colombia.

 

No es que los guerrilleros, los paramilitares o los soldados sean inocentes, son títeres de ideologías en conflicto, peones mecánicos que obedecen ordenes. Lo que la guerrilla representó o buscó en sus orígenes se degeneró, se corrompió, se deshumanizo hasta la brutalidad. El poder desmesurado que sus financiadores y el Estado le dio al paramilitarismo, lo convirtió en un animal insaciable que devastó el campo, desplazó millones de personas y asesinó a otros cientos de miles.

 

Por último el ejército, con su arrogancia y su permanente desdén por el civil, ha cometido cualquier cantidad de atropellos y humillaciones contra los más indefensos. Soldados que en lugar de proteger y garantizar los derechos civiles y humanos de los ciudadanos, los persiguen, acosan, torturan y asesinan sin respetar la ley, creyendo que su uniforme les da inmunidad o que les permite estar por encima de la constitución.

 

El país donde viven estos personajes trágicos no es el nuestro, no es el de los centros comerciales, el de las grandes avenidas, el de los cajeros automáticos, el de los supermercados, el de los conjuntos residenciales. No es el país de la sección de farándula de los noticieros, ni el de las cifras que muestran la baja del desempleo o el cubrimiento en educación.

 

El país de verdad, el que late debajo de los paisajes de postal, el que sobrevive debajo de los comerciales de Colombia es Pasión, está plagado, infectado, enfermo de corrupción, desempleo, maltrato, desigualdad, mentiras, resentimiento, odio, ignorancia.  No es una cuestión de ideología, no se trata de ser de derecha o de izquierda o de repetir como un loro los logros de un gobierno, es más que hacerle fuerza a la selección Colombia, tomar aguardiente o cerveza, comer ajiaco, sancocho o lechona.

 

No podemos seguir haciéndonos los locos, no podemos seguir viviendo en un país que no es el nuestro, en un país fachada. Si no aceptamos, si no entendemos la mecánica histórica que ha generado el profundo conflicto colombiano, jamás podremos salir de su vorágine, jamás terminará el círculo vicioso que nos mantiene inmersos en el desastre, la penuria, el desasosiego, la injusticia, la intolerancia, la ignorancia y la violencia.