Categoría: La Misiá Eliza

 

No comprendo a mi país, no comprendo su modo de celebrar, no comprendo su optimismo violento y su sevicia uribista que funciona inconsciente o muy conscientemente en las épocas que deberían ser de paz y respeto por el otro. Hay un fenómeno que se ha empoderado de este pueblo diverso en opiniones y rico en verraquera, esa verraquera.

Aquel fenómeno no es Oscar Iván Zuluaga ni sus saltimbanquis maromeros, ni los industriales mágicos y fantásticos que parecen salidos de un cuento de hadas, ni siquiera el mismísimo presidente de la república que por fin nos hecha cuentos de paz y amor por nuestro país. ¡No! hablo de un objeto esférico con la capacidad de transformar la alegría de todo un país en acciones indecentes, de transformar la alegría en violencia, la paz en guerra, el respeto en indiferencia y el orgullo por nuestra bandera en la tradicional y cultural vergüenza colombiana.

Desafortunadamente esta violencia cíclica ha permeado nuestros más íntimos sentimientos y relaciones con nuestros compatriotas, que orgullosos de su país, Increíblemente orgullosos, pues difícilmente un Colombiano se siente orgulloso de su raíz, se pone la camiseta y con toda la fe del caso, cantan el himno nacional con lágrimas y hasta con los pelos de punta. Al terminar el partido, después de ver como estos once hombres que cargan a sus espaldas la pasión, el sudor agotador, la verraquera y el agua de panela se vuelven dones de bondad y esperanza para 47 millones de personas, nos alistamos raudos para la faena. La respuesta cruel no se hace esperar, salimos a la calle “ingenuamente” creemos que robar, asesinar y violentar nuestro entorno hace parte de la cultura festiva de los colombianos. ¿No podemos ser felices sin hacer daño? ¿Nos creemos tan dueños de la violencia que pretendemos construir hasta en el más sublime momento de felicidad una tragedia colectiva?

Ese es el problema, Jaime Garzón, en su obsesión por la construcción de una política de paz real para Colombia decía que uno de los grandes problemas de nosotros los colombianos es que no sabemos manejar la grandeza, hoy me doy cuenta que aquel hombre tenía razón, me muero del terror de solo imaginar que va a pasar con Colombia si por obra y gracia del espíritu santo llega a la final de éste balón de plomo; Un “Colombianazo” incendios imparables ¡Dios santo! A los hinchan alocados les cambiarían los cerebros por balones, no habría distancia entre la guerra o la fiesta y a la paz le harían gol.

Señores lectores, la paz empieza por nosotros mismos, elegimos al “Juancho” pues creemos en el como un vehículo que nos llevara a una cultura de paz real y tangible pero con el más minúsculo ápice de felicidad hacemos de nuestro país un campo de basura mal oliente, los invito a que crean en el cambio, a que no hagan con sus actos cuadros macabros de aquella guerra cincuentona que nada que acaba. Pónganse en onda, el cambio es suyo, Colombia es suya.

Pablo Navarrete